“Nunca estoy disgustado por la razón que creo”. Me dice que aplique esta afirmación a todas las personas, situaciones o acontecimientos que me causen dolor. No importa si es en forma de miedo, preocupación, depresión, ansiedad, ira, odio, celos… aunque me parezcan diferentes de entrada. Es el paso para aprender que todas son iguales. Me modo que me pongo a examinar el origen de mis causas pendientes o temidas y frente a lo que mi intelecto me dice, aplico la fórmula:
“No estoy disgustado con … por la razón que creo”.
“No tengo miedo de … por la razón que creo”.
En efecto, algunos temas me parecen mucho más importantes que otros, como me advierte el texto y para evitar que sostenga las diferencias de siempre, me da un correctivo para mi mente:
“No hay disgustos pequeños. Todos perturban mi paz mental”.
Más confiado prosigo con la búsqueda y noto que tiendo a incidir más en algunos asuntos que en otros. De nuevo estoy priorizando y me da otro correctivo:
“No puedo conservar esta forma de disgusto y al tiempo desprenderme de las demás. A los efectos del ejercicio, las consideraré como si fuesen iguales”.
Con la técnica completa prosigo el análisis de mi mente durante un minuto más o menos. Busco sus diferentes formas de disgusto, omito la relativa importancia que tal vez les atribuyo y les aplico la idea. Me ofrece otros ejemplos adicionales:
“No estoy preocupado acerca de……. por la razón que creo.
No estoy deprimido acerca de …… por la razón que creo”.
Tres o cuatro veces por día me pide esta vez.
Joseluis