“Te entrego este instante santo. Sé Tú Quien dirige, pues quiero simplemente seguirte, seguro de que Tu dirección me brindará paz. Y si necesito una palabra de aliento, Él me la dará. Si necesito un pensamiento, Él me lo dará también. Y si lo que necesito es quietud y una mente receptiva y serena, ésos serán los regalos que de Él recibiré. Él está a cargo a petición mía. Y me oirá y contestará porque Él habla en Nombre de Dios mi Padre y de Su santo Hijo”.

Hoy acaba mi entrenamiento. Repetiré por última vez Sus palabras ya aprendidas y en las que encuentro el alivio y la fuerza que contienen. Me embarga la esperanza y las expectativas de lo que viene ahora. “Este curso es un comienzo, no un final. Tu Amigo te acompaña. No estás solo. Nadie puede llamarlo en vano”. -Me vuelve a recordar Jesús, su autor- “Ya no serán necesarias más lecciones específicas”. – Y me presenta al Espíritu Santo:-

Y ahora te pongo en Sus manos, para que seas Su fiel segui­dor y Él, tu Guía en toda dificultad o dolor que consideréis real. Él no te dará ningún placer pasajero, pues sólo da lo bueno y lo eterno. Deja que Él te siga preparando. Él se ha ganado tu confianza hablándote diariamente de tu Padre, de tu hermano y de tu Ser. Y continuará haciéndolo. Ahora caminas con Él, tan seguro de tu destino como lo está Él; tan seguro de cómo debes proceder como lo está Él; tan seguro de la meta y de que al final la alcanzarás como lo está Él”.

       No caminas solo. Los ángeles de Dios revolotean a tu alrededor, muy cerca de ti. Su Amor te rodea, y de esto puedes estar seguro: yo nunca te dejaré desamparado”. Ésta es la Palabra segura que buscaba.

José Luis Cristo